Llegué a Barra de Potosí en una carreta jalada por un tractor. En la carreta íbamos Carmen con nuestros hijos: Carmen, Mónica, Pepe, y Guille. También nos acompañaba Esther, mi cuñada, con un amigo inglés. Esto fue el 31 de diciembre de 1968. En la mañana Don Costa, el tractorista que el señor Bravo nos había dejado para ayudarnos, me dijo: Mire, Señor, estamos muy cerca de una playa muy bonita y me pregunto si en vez de irse como todos los días a Zihuatanejo quiere cambiar e irnos a la barra. Acepté y emprendimos la marcha.

Octubre del 68 fue un parte aguas en México, entre Olimpiadas y movimientos estudiantiles, aunque en ese momento no lo sabía. Por esas fechas mi preocupación familiar era resolver a donde ir en las vacaciones de navidad y año nuevo. Había intentado reservar en cuantos lugares se me ocurría y no encontraba sitio en ningún lado.

 

Conmigo trabajaba el Arquitecto José Ángel Bravo, oriundo de Petatlán y cuando se enteró de mi problema me ofreció una pequeña casa de su padre, Don José Bravo, en su huerta en Playa Blanca, donde ahora se encuentra el Aeropuerto internacional, sin acceso para autos por lo que nos dejó tractor, carreta y tractorista.

 

En la mañana del último día del año emprendimos el camino a la Barra atravesando huertas de cocotales en donde empezaron a darnos la bienvenida enjambres de mosquitos que, como nunca habían probado el repelente, ni caso le hicieron. El viaje duró como dos horas y finalmente llegamos a la Barra.

Quisiera poder describir cuales fueron mis impresiones cuando llegamos. Lo primero fue que la barra estaba abierta y con toda la desconfianza del mundo empezamos a caminar entre la laguna y el mar observando docenas de jaibas, peces que brincaban por la laguna y lo que pensamos eran arenas movedizas que se hundían al pisarlas. El espectáculo, nuevo para nosotros, era increíble...

 

El único lugar habitado era una pequeña choza de varas y techo de palma donde vivían los cuidadores de la huerta, Juan Galeana y Sabina con una pequeña hija Emilia. En su casa tenían una o dos cajas con refrescos y cerveza que vendían a los que, como nosotros, se atrevían a llegar hasta ahí. Jamás pensamos lo importantes que iban a ser Juan y Sabina para nosotros en años futuros.

 

Recuerdo que el día estaba muy bonito, con temperatura aceptable, ya estábamos en invierno y después de chapotear en la barra nos metimos al mar. Disfrutando las olas y gozando muchísimo del lugar.

 

Ya pasada la primera impresión me puse a platicar con Juan Galeana, preguntando por el lugar, quién era el dueño, dónde vivía, etc. me informó que el dueño era Don Jesús Gómez y vivía en San Jeronimito, toda una personalidad en San jeronimito y en Petatlán, representante de huerteros y ganaderos, también una figura política, lo que venía a convertirlo, junto con mucho dinero, en un verdadero cacique de la región. Como comentario me dijo que nunca vendería esa huerta ni parte de ella. De cualquier forma saqué foto del terreno y pensé que no hay peor lucha que la que no se hace, ya veríamos.

 

Por ese entonces estábamos construyendo el depósito de Cementos Tolteca en Guadalajara y el Arquitecto Bravo estaba como residente de obra; a mediados de enero que visité la obra le platiqué toda la aventura y le pedí que por favor tratara con Don Jesús para comprarle una hectárea. La propiedad completa constaba de 15 o 20 hectáreas.

 

Viajó a San Jeronimito y de ahí me llamó muy decepcionado pues lo único que aceptó el Sr. Gómez fue vender el secadero de copra de la huerta, de media hectárea y el precio le pareció al Arquitecto Bravo un atraco$25,000.00, que correspondían a $2,000.00 dólares. Le pedí que solicitara una superficie mayor y no se pudo lograr nada más por lo que le pedía que cerrara el trato; no quería hacerlo pues eso era lo que había pagado Don Jesús por toda la huerta, pero le comente que de todas maneras era un trato conveniente.

 

Ya en contacto con Don Chucho nos citamos en el mes de enero para ir juntos al terreno y conjuntamente señalar los límites, solicitando, desde luego, un anticipo.

 

Nos encontramos en San Jeronimito, tomó el jeep (lo llamaba yit) que tenía junto a su coche de lujo, un Ford último modelo que nunca usaba, pues no había calles donde hacerlo. Yo iba acompañado de un primo del Arquitecto Bravo: Celestino Bravo, con el que hasta la fecha me une una buena amistad. En el camino Don Chucho se detuvo a comprar una sandía; así llegamos a la Barra y nos ubicamos en el secadero de la copra, colocamos unas estacas y después de darle el anticipo de la compra, colocó la sandía sobre una piedra, sacó su machete y mediante tres o cuatro machetazos habilísimos nos ofreció una tajada de sandía como firma del compromiso.

 

Para formalizar la operación nos citamos en el mes de marzo en el juzgado de lo civil de Petatlán, pues ni ahí ni en Zihuatanejo había notarias, por lo que ante el juez se hizo el escrito mediante el cual me transfería la propiedad tratada y obviamente liquidé el saldo.

 

Las comunicaciones para llegar a la Barra eran muy difíciles. A saber, vía aérea Aeronaves de México utilizaba un avión DC3 lunes, miércoles y viernes para dar el servicio a Zihuatanejo en una pista sin pavimento, muy corta y con un acceso aéreo peligroso. Había que entrar a una cañada y girar 90º, inmediatamente aparecía la pista que terminaba en una huerta de palmas, que cuando paraba el avión, casi tocabas los cocos con la mano.

Por tierra te ibas a Acapulco y por Pie de la Cuesta, o sea atravesando todo Acapulco, salías a Costa Grande, en una carretera muy maltratada que se inundaba con cualquier aguacero y que terminaba en Petatlán. En Petatlán dejábamos el coche en casa de Celestino y su esposa Ada y en una camioneta de estacas nos íbamos a la Barra a la buena de Dios, pues había que atravesar la laguna y en medio del Manglar sobre un lodazal, la mayor parte del tiempo no podíamos seguir y llegábamos caminando. ¡Qué tiempos!

¿Servicios? Bueno, lo básico era el agua, por lo que de inmediato le pedí a Juan Galeana que consiguiera gente que pudiera excavar. Consiguió a Chico, una persona de origen desconocido con facultades mentales muy limitadas, pero tan trabajador, bueno e inocente que nos ayudó mucho en la construcción de la casa y en otras cosas hasta su fallecimiento pocos años después. Pues Chico encontró un manto de agua dulce como a 5.50 o 6.00m de la de la superficie y de la que me lleve una muestra a un laboratorio en México y el diagnóstico fue “No apta para beber por la gran cantidad de materia orgánica, pero buena para bañarse y limpieza en la cocina”. Hasta la fecha usamos esa noria.

De cualquier otro servicio olvidarlo. Luz imposible, para instalación sanitaria bien, fosa séptica y pozo de absorción. En fin, se podía solucionar todo en forma precaria, sin comodidades pero práctica. La luz desde luego con planta y con el inconveniente de poder surtir el combustible, pero se podía sobrevivir al estilo Robinson Crusoe.

El personal para realizar la obra lo solucionó Celestino Bravo. Me presentó al albañil, Manuel Mendiola; al plomero, el señor Román “El Viejo”, nunca supe su apellido; el carpintero, Román Alba, al electricista lo lleve de México; el materialista llegó solo y me cumplió muy bien.

Empecé de inmediato la obra y mientras trabajaba en ella fui comprando en México muebles de baño, piso de granito, refrigerador de gas, planta de luz y para enviarlo a la obra tenía que ir determinado día a La Merced, donde llegaba a entregar copra un camión de Celestino Bravo, ahí cargaba lo que quería enviar y así llegaba a la obra.

Como me tocó la temporada de lluvias eso hizo más difícil la situación. Paralelamente se empezó la construcción de la palapa que fue hecha por un artesano de Petatlán a quien le decían “El Niño”. Encontré en la laguna una canoa hundida, la saqué y, hasta la fecha, es mi barra de cantina.

Con viajes semanales hice la supervisión y para el mes de septiembre de 1969 tenía terminado un búngalo con dos recámaras, la casa para el servicio, la cocina, la palapa para la estancia y la alberca. Con eso, y a pesar de la época de huracanes, inauguramos y pasamos nuestras primeras vacaciones.

Por cierto, en esas vacaciones estuvo apunto de sucedernos una tragedia. Pasó lo siguiente: alquilé una lancha en Zihuatanejo para salir de pesca, la salida no tuvo ningún problema; en una panga un pescador nos llevó de la orilla a la lancha pero ya de regreso el mar estaba muy picado y el dueño de la lancha no quiso acercarse, quedando bastante retirado de la orilla. No tuve más remedio que echarme a nadar para buscar al pescador que me llevara a la lancha para que se subieran los demás. La ida fue difícil pero remando logramos pasar la rompiente y llegar a la lancha. Éramos seis adultos y ocho niños de 10 a 5 años de edad. Al regreso y con el cayuco tan cargado nos pescaron las olas y voltearon el cayuco, quedando los niños menores a la buena de Dios. Afortunadamente habíamos pasado la rompiente hacia la laguna y los mayores ya tocábamos el piso, con lo cual pudimos cargar a los menores que no sabían nadar y después de un buen rato de caminar por la Barra, logramos salir a tierra sin ninguna baja... ¡de milagro!

En diciembre terminé la construcción al tener el segundo búngalo con lo cual empezamos a tener invitados. Algunos no quisieron regresar jamás por lo rústico del lugar ¡y los alacranes! Otros, como el caso de Gordon Payne y familia se enamoraron del lugar y les ayudé a conseguir el terreno donde tienen la casa que han gozado tanto.

Esto que relato fue el principio de nuestra vida en la Barra, donde empezamos a disfrutar de la maravilla de este paraíso que hemos tratado de conservar en su estado natural, adaptándonos lo más posible a la naturaleza.

Arq. José Rivera Rio Henonin

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